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La Fecha de la Despedida

Miguel Ángel García Carpio

Cuando Donaldo, el matutero, me propuso el viaje no me lo pensé ni un segundo. Desde que era niño estuve esperando esta oportunidad. Todavía no le he dado la noticia a mi madre, solo me echa para atrás la tristeza que tendrá en cuanto me haya ido. Ella me puso Javier por mi abuelo; quería que fuese tan fuerte como él, que no me dejara joder de nadie. Ahora, ahora es el momento de demostrarlo.


Estoy a punto de cumplir treinta años y todavía vivo con mis padres. Me dijeron que si estudiaba y aportaba a la causa del País lograría lo que quisiese. Sin embargo, a pesar de que me levanto cada mañana bien temprano para repartir los currículums, no hay manera de conseguir trabajo. Y la verdad es que me mata no traer nada para aportar al hogar.


Donaldo es algo mayor que yo, tiene a sus padres bien y su casa está recién reformada. Se dedica principalmente a conseguir viajes hacia allá, y en cuanto uno se encuentra ya bien ubicado hay que pagarle la deuda.


En principio, me da de plazo hasta tres meses para terminar de pagarle. Lo conozco de hace rato y sé que es trigo limpio, no se puede decir lo mismo del resto de matuteros. Dicen de algunos que te meten en la barca y llaman ellos mismos a los guardacostas para que te pillen. Así mantienen contentos a las autoridades para que no les molesten y se ahorran la gasolina del viaje, puesto que el billete que pagamos no tiene derecho a la devolución.


Aún recuerdo cuando era niño. En el colegio siempre me decían que se había vencido al gran mal. Saludábamos cada mañana a la imagen del gran líder antes de entrar a las clases. El acto en cuestión duraba alrededor de diez minutos; a decir verdad, se pasaba en un instante, ya que entrábamos en un extraño trance.


Ya no siento nada de eso y cuando paso por delante de las escuelas y veo esos actos, solo siento unas ganas de vomitar tremendas.


Nadie de mi familia se ha ido todavía, por lo que sería el primero. Sí que tengo algunos amigos que me escriben desde allí. Me dicen que al principio les toca hacer trabajos que jamás hubiesen imaginado, y que son tantos de nosotros allí que ni se nota el haberse marchado; que te sientes como en casa.


He pensado que el mejor lugar para contarle a mi madre es la playa. Siempre fue su lugar favorito. Ella me decía que dormir en la arena, bien protegido en la sombra, era la mejor manera de olvidar el hambre. Que cuantas más horas pasara despierto, más me iba a llenar de gases y entonces los cólicos aparecerían.


Suelen decir que a todo se acostumbra uno menos al hambre. La primera vez que recuerdo haber tenido cólicos fue con seis años. No le hice caso a mi mamá y me quedé despierto todo el día. En torno a las seis de la tarde empezó un terrible dolor en la boca del estómago. Es tan fuerte que es capaz de tirarte al suelo, es como si tu cuerpo te pidiese ir al baño intensamente, pero sin ser capaz de expulsar absolutamente nada.


Darle la noticia en la playa me permitirá decirle que no volveré a sentir ese dolor y que en cuanto esté en mi mano ni ella, ni mi abuelo, ni mi papá tampoco. El viaje será a la mañana siguiente, así no dará tiempo a que me arrepienta.


Solo espero que ella esté bien y aguante. Si me manda sus bendiciones estoy seguro de que seré capaz de sentirlo a través del mar. Si muero en el mar estoy seguro de que sabrá que lo hice por ella. Solo espero que no sienta responsabilidad y que me recuerde con cariño.


Donaldo, el matutero, está aquí frente a mí. Asiento con la cabeza ante su propuesta; pese a que es muy solicitada, muchos la rechazan por lo que pueda pasar. La fecha del viaje será la semana que viene y la fecha de la despedida la noche anterior.

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La Fecha de la Despedida

M
Miguel Ángel García Carpio
CategoríaNarrativa
Edición2024
Año creación2024