Por Si Algún Día No Estás
— Nayade Rodríguez Hernández
Esto es una historia ficticia. O no. Ni siquiera yo puedo saberlo. Es algo que solo podría saber mi “yo” de hace 20 años. Tal vez solo lo he imaginado, como tantas otras cosas que ha creado mi mente de noche, acostada con los ojos cerrados, cuando mi cabeza decide darle vueltas a toda mi vida, después de todo el caos que ha generado durante el día.
El protagonista es la persona que más admiro, y compartimos la misma sangre. Ha estado en todas partes del mundo, o al menos eso es lo que siempre nos ha dicho. Y es parte de cada uno de los veranos que pasé en la playa, hasta que alguien decidió por mí que ya era lo suficientemente mayor.
Han pasado tantos años que solo conservo grabadas las historias y los momentos que mi mente adulta ha decidido guardar. Allí aprendí lo que era una jaca, un chucho, y que las potas emiten un sonido particular cuando llegan a la superficie. Recuerdo comer garbanzos con pescado en la mesa verde de colegio, sentada en una silla que, según me dijeron, venía de aquel barco que encalló. El olor que traían consigo las rocas descubiertas cuando la marea las dejaba respirar y el sonido de los motores que usábamos para dar luz por las noches, creando la banda sonora de todas las chozas a nuestro alrededor.
Para mí, ese era el mejor momento del día, cuando caía la noche, porque sabía que era el momento de nuestro auténtico premio.
Mi abuelo ya no nos regala muchas palabras, pero las pocas que nos dirige son auténticas perlas, escogidas con minuciosidad para cerrar nuestras bocas jóvenes y equivocadamente seguras. Siempre ha sido un contador de historias, y yo no sé diferenciar la verdad de los cuentos que nos narraba para emocionarnos antes de dormir. Eran historias de piratas y de brujas, relatos que esperábamos atentamente cada noche, acostadas en colchones viejos, con la luz que entraba por la ventana y el sonido de fondo de las olas del mar. Me encantaba escuchar esas historias, aunque por dentro me llenaban del terror más absoluto.
—Fuerteventura es tierra de brujas —nos decía.
Aunque él nunca las vio, sabía que estaban ahí, escondidas en su oscuridad, esperando a que se hiciera de noche para hacer sus fechorías. Su seguridad me hacía pensar que, por qué no, podrían ser reales. Hablaba con tanta certeza que yo, en mi cama, temía escuchar sus risas a medianoche, así que dedicaba todas mis fuerzas a cerrar mis ojos lo antes posible.
Fue una de esas noches cuando, antes de escuchar su historia, me atreví a preguntar:
—Abuelo, ¿y si una noche vienen a buscarnos? —dije con la voz temblorosa.
Él, con su clásica risa grave —tres carcajadas separadas por unos segundos de descanso—, sin responder a mi pregunta y con su crucifijo de oro colgado al cuello, que parecía servirle de protección suficiente, empezó a contar su historia.
Era el verano anterior a cumplir 12 años, y a esa edad ya te sientes demasiado mayor como para creer en ese tipo de historias, pero no lo suficiente como para enfrentarte a ellas si se hicieran realidad.
—En medio del Malpey que está justo detrás de las casas —ese sitio al que nunca me ha gustado ir sola, aunque hay que admitir que nunca he sido la más valiente— hay un círculo donde ellas suelen reunirse cuando salen de sus cuevas.
—¿Un círculo? —pregunté, intentando disimular el nudo en mi garganta, sabiendo que aquella zona estaba llena de cuevas que había dejado el volcán cuando erupcionó.
—Dicen que cuando la luna se coloca sobre el círculo, puedes escuchar las risas y, si tienes el valor de ir hasta allí, puedes verlas bailar y cantar, celebrando sus sacrificios —prosiguió con su seguridad habitual.
Esa noche, como las demás, intenté cerrar fuerte mis ojos en un esfuerzo por obligar a mi cuerpo a dormirse. Pero esa vez me costó más de lo habitual. Había algo en sus palabras que me atraía, que despertaba en mí una chispa de curiosidad que no conseguía apagar. Intentaba convencerme de que ya era mayor para creer esas cosas, pero ¿y si era verdad? ¿Y si mi abuelo sabía algo que no me había contado? ¿Podría ser que esos cuentos fueran más reales de lo que yo había imaginado?
Las noches pasaron y mi abuelo no volvió a mencionar aquel sitio, pero la idea no había salido de mi cabeza. Miraba hacia las montañas, esperando que pasara algo frente a mis ojos que me ayudara a salir de dudas, sin tener el coraje suficiente para correr el riesgo de ir hasta allí.
Por supuesto, no le dije nada a nadie. No quería que pensaran que era aún más “cagona” de lo que todos sabían que soy. Ya mi reputación me precedía, mi hermana siempre había sido la valiente, así que mejor no alimentar esa idea.
Podía ser mi oportunidad, demostrar que podía ser fuerte y, ya de paso, salir de dudas y aclarar de dónde emanaba esa conexión que sentía hacia aquellas mujeres malvadas que bailaban desnudas en medio de las piedras negras del Malpey.
Así que, una noche, decidí hacerlo. Esperé el tiempo suficiente después de que apagaran el motor para saber que todo el mundo estaba dormido. Sabía que no podía salir por la puerta principal porque era una vieja puerta metálica que hacía más ruido que una orquesta de monos, así que la mejor opción era salir por esa ventana que siempre quedaba abierta para refrescar la habitación.
El lugar que mi abuelo me había descrito no estaba demasiado lejos, a unos kilómetros, sorteando las rocas del volcán para encontrar la vereda de tierra roja polvorienta que se me pegaba a los pies. Pero eso sería un problema de la “yo” del futuro.
Llevaba una linterna que se movía con el temblor de mi mano y sentía esa sensación en mi barriga. No era miedo, pero sí esos nervios, esa alerta de que podría pasar algo en cualquier momento.
Ya casi estaba en el punto donde mi cabeza había imaginado, con las breves indicaciones que mi abuelo nos dio esa noche, que sería aquel lugar. Olía a la humedad de la noche y yo no paraba de mirar hacia todos lados. Las formas caprichosas de la lava me hacían pensar que estaba rodeada de criaturas que me observaban desde todos los ángulos posibles, sin dejarme escapatoria.
Podía escuchar el sonido de mi propio corazón latiendo con fuerza. Y en ese momento, la idea de que no estaba sola se volvió cada vez más real. Apagué la linterna y me quedé en silencio, escuchando con atención y tratando de discernir la realidad de lo que mi cabeza asustada podría estar inventando. Fue entonces cuando lo escuché con claridad: aquellas risas. Podía sentir la maldad saliendo en forma de sonido de siluetas que no conseguía ver.
Y, aunque quería volver, huir lo más rápido posible sin mirar atrás, algo en mí quería quedarse.
Pero entonces lo sentí, una mano me tocaba el hombro y, aunque había dado la señal contraria a mi cerebro, la reacción inmediata fue, por supuesto, de un salto, darme la vuelta.
—Es el sonido de las pardelas —dijo.
Automáticamente identifiqué la voz tranquilizadora de mi abuelo, que empujó mi brazo con suavidad en dirección a casa sin decir nada más. No hacía falta.
Caminamos juntos de vuelta, y volví a meterme en la cama. Esa noche no pude dormir. Aunque sabía que aquellos pajarracos que anidaban en las montañas emitían un sonido similar, algo dentro de mí seguía conservando la duda. Y la sigo manteniendo a día de hoy.
Me he ido haciendo mayor, y las historias de mi abuelo son cada vez menos frecuentes. Él ya no tiene esa voluntad para contarlas, ni nosotros el tiempo para escucharle con la misma atención.
Hoy, mi abuelo sigue aquí, y espero que siga muchos años más. Porque, como muchas personas, tengo miedo a la muerte. Un miedo que, por supuesto, no le cuento a nadie. No estoy preparada para enfrentarme a un mundo sin sus palabras, sin sus historias. Me asusta, más que aquellas brujas, la idea de que un día ya no esté. Y sé que con él se irán muchas cosas que forman parte de mí y que no estoy lista para perder.
Mientras tanto, sigo sentándome frente a él los domingos en la mesa, esperando que, por algún milagro, esos días nunca lleguen a su fin.