
Cartografia De La Ausencia
Este díptico surge como un diálogo entre palabra e imagen, entre lo que se siente roto y lo que, a pesar de las grietas, sigue en pie. El autorretrato presenta un rostro que atraviesa un muro fracturado, símbolo de las fisuras internas que no siempre se muestran, pero que sostienen la vida cotidiana. La mirada, perdida y profunda, rehuye la cámara, como quien se encuentra en un tránsito más íntimo que externo.
El texto manuscrito que acompaña el retrato funciona como un eco de esa imagen: pensamientos que revelan la fragilidad y la contradicción de existir, la oscilación entre la calma y la tormenta, la ausencia y el abrazo silencioso de la rutina. Ambos lenguajes, el visual y el escrito, construyen un mismo territorio: el de un ser humano que se reconoce vulnerable, pero que encuentra belleza en lo mínimo, en los detalles que parecen insignificantes y que, al ser observados, se convierten en anclas.
El muro roto no es solo símbolo de desgaste, sino también de tránsito. La fractura permite ver lo que hay al otro lado: un futuro incierto, pero vivo. La obra en su conjunto invita a detenerse en la contemplación de lo invisible: en el peso de la memoria, en la sombra, en la rutina, en lo que se siente sin poder nombrarlo.
En este autorretrato, el dolor y la esperanza conviven sin maquillajes, dejando que la imperfección hable por sí misma. Más que un retrato físico, es un retrato emocional: una cartografía del alma que se resiste a ceder ante el vacío y que, aun en su fragilidad, encuentra sentido en continuar.